EL TRIUNFO DE LA MUERTE… POR FRANCISCO PETRARCA 1304 – 1374…
image
image
El Triunfo de la Muerte

Aquella gran mujer bella y gloriosa,
espíritu desnudo, tierra apenas,
que fue de la virtud alta columna,
volvía con honor de su batalla,
alegre, tras vencer al enemigo,
que al mundo entero abate con engaños,
sin otras armas más que un limpio pecho,
un bello rostro y castos pensamientos,
y una forma de hablar sabia y honesta.
Qué extraño resultaba en aquel sitio
ver las armas de Amor rotas, y a unos
muertos por él, y a otros prisioneros.
Aquella y sus selectas compañeras,
al regresar de la victoria iban
en un pequeño grupo reunidas;
pocas eran, porque la gloria es rara,
mas todas parecían por su mísmas
dignas de claros versos o de historia;
lucían como enseña victoriosa
un blanco armiño sobre campo verde,
con topacios al cuello y oro puro;
humano no, divino ciertamente
era su andar, y sus palabras santas.
¡Feliz quien nace para tal destino!
Estrellas parecían, y en el medio
un sol las adornaba sin celarlas,
con rosas coronadas y violas.
Y como un limpio pecho honor conquista,
así avanzaba el grupo alegremente,
cuando encontré una enseña horrible y negra;
y una mujer en negro manto envuelta,
con tal furor que yo no sé si nunca
en Flegra mostrarían los gigantes,
llegóse y dijo: "Oh tú, mujer, que andas
con juventud y con belleza altiva,
y de tu vida el término no sabes,
yo soy la que es llamada por vosotras
inoportuna y cruel, y por los necios,
que ven la oscuridad cuando es de día;
a griegos y a troyanos yo conduje
a su final, igual que a los romanos,
con mi espada que hiere y atraviesa,
y también a otros pueblos extranjeros;
y sin que nadie me esperase he roto
miles de pensamientos sin sentido.
A vosotras que tanto amáis la vida
ahora me vuelvo, antes que Fortuna
ponga amargura en la dulzura vuestra".
"Jurisdicción no tienes sobre éstas,
y sobre mí tan sólo en los depojos",
así respondió la que fue única.
"Más que yo misma, sé quién sufriría,
cuya salud depende de mi vida
de la cual bien quisiera desararme".
Como aquel que se fija en algo nuevo
y ve donde al principio no veía,
y ahora se extraña, y ahora se serena,
tal hizo aquella fiera, y vacilando
un poco dijo: "Bien las reconozco,
y sé cuando sintieron mi mordisco".
Luego con ceño menos hosco y torvo
dijo: "Tan sólo tu, que el grupo guías,
no has llegado a probar aún mi veneno;
si mi consejo aceptas de buen grado,
y podría obligarte, es preferible
huir de la vejez y sus fastidios;
a otorgarte un favor estoy dispuesta,
que no suelo hacer, y es que termines
sin que sientas dolor o miedo alguno".
"Según plazca al Señor que está en los cielos
y desde allí gobierno el universo,
harás de mó lo que con otros haces".
Respondió así; y de un extremo a otro
viose de muertos lleno todo el campo,
sin que pueda expresarlo prosa o verso;
desde el Extremo Oriente hasta Occidente,
el centro y las orillas ocupaba
a lo largo del tiempo aquella turba.
Estaban los tenidos por dichosos,
emperadores, reyes y pontífices:
desnudos, miserables e indigente.
¿En dónde los honores y riquezas,
las gemas y los cetros, las coronas,
los vestidos de púrpura y las mitras?
Infeliz el que espera en lo terreno,
(pero, ¿quién no lo hace?) y si encuentra
al final engañado, lo merece.
¡Oh ciegos! ¿De qué sirve luchar tanto?
A la gran madre antigua volveréis
y vuestros nombres apenas serán nada.
Entre cuidados miles, ¿hay alguno
que vanidad no sea como todos?
Quien sepa vuestro afán, que me responda.
¿De qué sirve vences a otros países
y volver a su gente tributaria
con animo de hacerle siempre daño?
Tras vanas aventuras peligrosas,
y tras con sangre conquistar riquezas,
se aprecian más que el oro y que las perlas,
el pan, el agua, el vidrio y la madera.
Pero no seguiré con este asunto,
que tiempo es este de que vuelva a lo primero.
Decía que llegado fue el momento
para aquella gloriosa y breve vida,
y el trance amargo con que el mundo tiembla.
Mirábala otro grupo valeroso
de mujeres no libres de sus cuerpos,
para ver si piadosa era la Muerte.
Aquel hermoso grupo se apiñaba
esperando el final cuya llegada
sucederá una vez forzosamente.
Sus amigas estaban junto a ella.
La Muerte entonces arrancó una hebra
de su pelo dorado con la mano;
así la flor más bella de este mundo
eligió por mostrarse, y no por odio,
con mayor claridad entre lo excelso.
¡Cuantas lágrimas fueron derramadas,
cuando esos bellos ojos se cerraron,
por los que ardí y cante tan largo tiempo!
Y entre tanto sollozo y tanto duelo,
alegre y sosegada reposaba,
recogiendo los frutos de su vida.
"¡Descansa, pues, en paz, oh mortal diosa!",
decían: y así fue, pero de nada
sirvió contra la Muerte cruel y terca.
¿Qué será de las otras, si mil veces
aquélla ardió y helóse en pocas noches?
¡Ay humana esperanza ciega y falsa!
Si bañaron la tierra muchas lágrimas,
a causa de aquel alma, bien lo supe,
y tú puedes saberlo al escucharme.
El día seis de abril por la mañana
preso yo fui, y ahora, ay de mí, libre.
¡De qué manera cambia la fortuna!
Nadie de ser esclavo o de la muerte
quejóse tanto como yo lo hiciera
al verme libre y conservar la vida.
Por el mundo y la edad se debería
quitarme antes, pues llegué primero,
y no dejar la tierra sin su adorno.
Aquel dolor no llegará a saberse,
que apenas a pensar en él me atrevo,
no digo ya tratarlo en prosa o verso.
"¡Se mueren la virtud y la belleza!",
las mujeres en torno al casto lecho,
"¿qué será de nosotras?", exclamaban.
"¿Quién podrá ver la perfección en otra?
¿Quién oirá palabras tan discretas?
¿Quién gozará del canto de los ángeles?"
Al dejar el espíritu aquel cuerpo,
recogido con todas sus virtudes,
hizo el cielo sereno en aquel sitio.
Ningún demonio fue tan atrevido
que osara aparecer con faz oscura
hasta que al fin la Muerte dio su asalto.
Cuando el llanto y el miedo se calmaron,
y el bello rostro todas contemplaban
sin que esperanza alguna ya albergaran,
no como llama que apagada fuera,
sino que va extinguiéndose en sí misma,
se fue aquel alma en paz con alegría,
como una luz que fuese dulce y clara,
a la cual va faltando el alimento,
mas conserva hasta el fin su virtud propia.
Pálida no, más blanca que la nieve
que desciende sin viento en la montaña,
parecía que estaba descansando:
algo así como un sueño por sus ojos,
separado el espíritu del cuerpo
era lo que morir llaman los necios.
En su rostro la muerte era belleza.

Anuncios